ENVÍO DE MANOLO Y MARÍA JOSÉ

 

SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

 

Jn 8 1–11: Sólo quedaron dos allí: la miserable y la Misericordia

 

Considerad ahora cómo pusieron a prueba su mansedumbre los enemigos del Señor. Los escribas y fariseos le presentan una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en el medio y le dicen: Maestro, esta mujer acaba de ser sorprendida en adulterio. Moisés, en su ley, nos manda apedrear esta clase de mujeres; tú ¿qué dices? Palabras que decían tentándole con el fin de poderle acusar (Jn 8 3–6). Mas ¿de qué podían acusarle? ¿Le habían sorprendido a él en algún crimen o se ponía de algún modo aquella mujer en relación con él? ¿Qué significan pues, las palabras: Tentándole para tener de qué acusarle? Aquí se ve, hermanos, cómo descuella la admirable mansedumbre del Señor. Se dieron cuenta de que era dulce y manso en extremo, ya que estaba predicho de él: Ciñe tu espada al muslo, ¡oh poderosísimo!  Avanza, camina felizmente y reina con tu belleza y hermosura en atención a tu verdad, mansedumbre y justicia (Sal 44 4–5). Él nos trajo la verdad como maestro, la mansedumbre como libertador y la justicia como juez. Por eso el profeta predijo que reinaría en el Espíritu Santo (Is 11). Cuando hablaba se reconocía la verdad; cuando no reaccionaba a los ataques de los enemigos, se elogiaba su mansedumbre.

 

Sus enemigos se consumían de odio y envidia por ambas cosas, por su verdad y su mansedumbre, y quisieron echarle un lazo en la tercera, es decir, en su justicia. ¿Cómo?  La ley ordenaba lapidar a las adúlteras; la ley que no podía ordenar injusticia alguna. Si él decía algo distinto de lo ordenado por la ley, se le debería considerar injusto. Cuchicheaban ellos entre sí: Se le considera amigo de la verdad y parece lleno de mansedumbre; debemos de tenderle una trampa respecto a la justicia; presentémosle una mujer sorprendida en adulterio y recordémosle lo que está mandado en la ley al respecto. Si ordena que sea lapidada, habrá perdido su mansedumbre, y si juzga que se la debe absolver, no salvará la justicia. Para no perder su mansedumbre, decían, por la que se ha hecho tan amable para el pueblo, dirá indudablemente que debe ser absuelta. Ésta será la ocasión de acusarle y declararle reo como trasgresor de la ley, objetándole: «Tú eres enemigo de la ley; sentencias contra Moisés; más aún, contra quien dio la ley; eres reo de muerte y has de ser apedreado con ella».

 

¡Qué palabras y razonamientos tan adecuados para encender más la pasión de la envidia y avivar aún más el fuego de la acusación y para exigir con insistencia la condenación!  Y todo esto, ¿contra quién?  La perversidad contra la rectitud, la falsedad contra la verdad, el corazón pervertido contra el corazón recto y la necedad contra la sabiduría. ¿Cuándo iban a preparar lazos en que no cayeran antes ellos?  Mirad como la respuesta del Señor deja a salvo la justicia sin detrimento de su mansedumbre. No cayó prendido aquel a quien se tendía el lazo, sino quienes lo tendían: es que no creían en quien podía librarlos de los lazos.

 

¿Qué respuesta dio, pues, el Señor Jesús?  ¿Cuál fue la respuesta de la verdad?  ¿Cuál la de la sabiduría?  ¿Cuál la de la justicia en persona a la que iba dirigida la trampa?  La respuesta no fue: «No se la lapide», para no dar la impresión de que actuaba contra la ley; tampoco esta otra: «Sea lapidada», pues no había venido a perder lo que había hallado, sino a buscar lo que se había perdido (Lc 10 10). ¿Qué respondió?  Observad qué respuesta saturada de justicia, de mansedumbre y de verdad: El que de vosotros esté sin pecado, arroje el primero la piedra contra ella (Jn 8 7).

 

¡Contestación digna de la sabiduría! ¡Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos! Dedicados a calumniar continuamente a los demás, no se examinaban a sí mismos; clavaban los ojos en la adúltera, pero no en sí mismos. Siendo personalmente transgresores de la ley, querían que se cumpliese, en base a toda clase de argucias, no según las exigencias de la verdad, como sería condenar el adulterio en nombre de la propia castidad. Acabáis de oír, judíos, fariseos y doctores de la ley, acabáis de oírle como cumplidor de la ley, pero aún no habéis advertido que es el dador de la misma. ¿Qué quiere darnos a entender cuando escribe con el dedo en la tierra?  La ley fue escrita con el dedo de Dios, pero en piedra, por la dureza de sus corazones. Ahora el Señor escribía ya en tierra porque quería sacar de ella algún fruto. Lo acabáis de oír. Cúmplase la ley; sea lapidada.

 

Pero, ¿es justo que ejecuten el castigo prescrito por la ley quienes deben ser castigados con ella?  Mire cada uno a sí mismo; entre en su interior y póngase ante el tribunal de su corazón y de su conciencia y se verá obligado a hacer su confesión. Sabe quien es: No hay nadie que conozca la interioridad del hombre, sino el espíritu del hombre que mora en él (1 Cor 2 11). Todo el que dirige la mirada a su interior se descubre pecador. Está claro que es así. Luego, o tenéis que dejarla libre o tenéis que someteros juntamente con ella al peso de la ley. Si la sentencia del Señor hubiese ordenado que no se lapidara a la adúltera, pasaría por injusto. Si ordenaba la lapidación perdería la mansedumbre. La sentencia del justo y manso no podía ser otra: Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje el primero la piedra contra ella. Es la justicia la que la sentencia: «Sufra el castigo la pecadora, pero no por manos de pecadores; cúmplase la ley, pero no por manos de sus transgresores». He aquí la sentencia de la justicia. Heridos por ella como por un grueso dardo, se miran a si mismos, se ven reos y salen todos de allí uno detrás de otro (Jn 8 9). Sólo quedan dos allí: la miserable y la Misericordia. Y el Señor, después de haberles clavado en el corazón el dardo de su justicia, no se digna ni siquiera mirar cómo van desapareciendo; aparta de ellos su vista y se pone de nuevo a escribir con el dedo en la tierra (Jn 8 8).

 

Sola aquella mujer e idos todos, levantó sus ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia. ¡Qué aterrada debió quedar aquella mujer cuando oyó decir al Señor: Quien de vosotros esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra!  Mas ellos se miran a sí mismos y, confesándose reos con su fuga, dejan sola a aquella mujer con su gran pecado en presencia de quien no tenía pecado. Como ella le había oído decir: El que esté sin pecado arroje contra ella el primero la piedra, esperaba que ejecutase el castigo aquel en quien no podía hallarse pecado alguno. Mas el que había alejado de sí a sus enemigos con las palabras de la justicia, clava en ella los ojos de la mansedumbre y le pregunta: ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, confiesa ella. Y él: Ni yo mismo te condeno; ni yo mismo, por quien tal vez temiste ser castigada, porque no hallaste en mí pecado alguno. Ni yo mismo te condeno. ¿Qué es esto? ¿Favoreces los pecados?  Es claro que no es verdad. Mira lo que sigue: Vete y no peques más en adelante (Jn 8 10–11). El Señor dio la sentencia de condenación contra el pecado, no contra el hombre. Si fuera favorecedor del pecado, le habría dicho: «Ni yo mismo te condeno, vete y vive como quieras; bien segura puedes estar de mi absolución; peques lo que peques, yo mismo te libraré de las penas, incluidas las del infierno, y de sus verdugos». Pero no fue esta la sentencia.

 

SAN AGUSTÍN COMENTA LA 2ª LECTURA

 

Flp 3 8–14: Sal para sazonar a los prudentes

 

Hemos de examinar la esperanza que a mi modo de ver puede compararse con el huevo. La esperanza aún no ha llegado a su objeto, como el huevo que, aunque ya es algo, aún no es el pollo. Los cuadrúpedos paren hijos; las aves, esperanza de hijos. La esperanza nos induce a menospreciar las cosas presentes y a esperar las futuras, a olvidarnos de lo de atrás y a tender, con el Apóstol, a lo de adelante. Dice así. Una cosa hago: olvidándome de lo de atrás y tendiendo a lo de adelante, sigo corriendo, poniendo los ojos en la meta, hacia la palma de la suprema vocación en Cristo Jesús (Flp 3 13–14). Nada hay tan opuesto a la esperanza como el mirar atrás, es decir, el poner la confianza en las cosas que se deslizan y pasan. Por tanto, la esperanza ha de ponerse en lo que todavía no se nos ha dado, pero se nos dará en algún momento y jamás pasará.

 

Sin embargo, cuando se precipitan sobre el mundo las tentaciones, como la lluvia de azufre sobre Sodoma, ha de temerse la experiencia de la mujer de Lot. Miró atrás y en aquel mismo lugar quedó convertida en sal para sazonar a los prudentes con ejemplo. Así habla el apóstol Pablo de esta esperanza: En esperanza hemos sido salvados. La esperanza que se ve no es esperanza, pues, lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos (Rom 8 24–25).

 

Lo que uno ve, ¿cómo lo espera?  Aquí tenemos el huevo. Es, sí, un huevo, pero todavía no es pollo. Está envuelto en la cáscara; no se le ve por estar cubierto. Espéresele, por tanto, con paciencia. Désele calor para que brote la vida. Pon atención: tiende hacia lo de adelante, olvídate de lo de atrás; lo que se ve es temporal. No pongamos la mirada, dice, en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Las cosas que se ven son temporales, mientras que las que no se ven son eternas (2 Cor 4 18). Alarga, pues, la esperanza hacia lo que no se ve, espera, aguanta. No mires atrás. Protege tu huevo contra el escorpión. Advierte que hiere con la cola que tiene detrás. No destruya el escorpión tu huevo, es decir, no mate este mundo tu esperanza con su veneno, tanto más dañino cuanto más atrás está.

 

¡Cuántas cosas no te dice el mundo! ¡Cuánto no alborota a tu espalda para que mires atrás, es decir, para que pongas tu esperanza en lo presente —aunque no debí emplear esta palabra, porque no es presente lo que nunca permanece—, apartes tu ánimo de lo que Cristo te prometió y aún no dio, pero dará, porque es fiel, y pretendas hallar el descanso en un mundo que ha de perecer!

 

Sermón 105,7.

 

CARTA A MANOLO

 

27 de marzo de 2004

 

En este día, en que mi hermano Manolo es enviado por la Iglesia, todos somos enviados de nuevo, para la gloria de Nuestro Señor.

 

Curiosamente, me tocó preparar la eucaristía junto con mi esposa, Óscar y Esther. Preparamos en casa de éstos. Y, además, me tocó por sorteo de “papelitos” hacer la monición ambiental. Una vez más, el Señor me pone delante este hecho para que sea testigo de la verdad; porque mirando de pensar una monición ambiental di con el comentario de San Agustín sobre el Evangelio y sobre la segunda lectura de San Pablo a los Filipenses. ¡Qué forma más sencilla y tan profunda tiene San Agustín de llegar al corazón!

 

Sirva como regalo este escrito para todos, en especial, para nuestro hermano Manolo, que hoy, es enviado a trabajar. Como quería trabajar San Pablo, no sólo quedándose con la gracia sino corriendo tras Nuestro Señor.

 

Ya leyendo estos comentarios de San Agustín, recordé que, en la preparación de la eucaristía, uno de nosotros comentó que, para él, Dios había clavado un “palo” en el camino del cual no podía volver atrás; una señal fijada en el camino, una señal grabada en su corazón que le recordaba que desde allí ya no podía volver atrás. Una señal que garantizaba su fe que, aunque se fuera perdiendo a lo largo del resto del camino y le hiciera volver sobre sus pasos, se acabaría encontrando con ese “palo” que quedó ahí fijado para siempre y que le servía para volver y seguir caminando hacia la meta y no hacia el principio.

 

Esa señal la tenemos todos nosotros. Una marca del Espíritu Santo que nos ha mostrado el Amor de Dios, que nos garantiza y nos da la esperanza de la resurrección. Yo tuve esa señal en una peregrinación a Polonia y doy gracias a Dios que me lo ha recordado. Volver atrás ¿para qué? ¿qué encontraremos sino lo que ya hemos conocido y no nos ha gustado? ¿acaso estaba allí nuestra felicidad?  No lo estaba y, sin embargo, ¡cuántas veces miramos atrás!  Recemos para no perder la visión, para encontrarnos con la verdad cada día.

 

Manolo es enviado; todos nosotros somos enviados. Enviados para que no miremos atrás, para sembrar la esperanza en el mundo. Porque mirar atrás es mirar las cosas del mundo y, cuanto más atrás, más daño nos hace. Gracias a Dios que nos ha puesto una señal, un “palo”, para que, viéndolo, recordemos que debemos caminar hacia adelante, hacia la esperanza; ansiando en nuestro corazón lo que no se ve a cambio de lo que sí se ve pero que es caduco y nos lleva a la muerte.

 

Somos enviados ¿a dónde y para qué?  Vamos a donde nos envía la Iglesia porque Cristo quiere tener un encuentro personal con alguien y nosotros ponemos nuestro cuerpo para esta misión. Jesucristo no quiere perder lo que vino a encontrar, sino a buscar lo que se había perdido. Busquemos, en nombre del Señor, lo que está perdido, prediquemos, … El Señor no condena aunque puede hacerlo, perdona al hombre y condena el pecado. Nuestro impulso para la predicación nace del perdón de Nuestro Señor, de la experiencia de amor tan grande que nos ha manifestado. ¿Qué diremos pues?  Que hemos sido perdonados, amados, ¡mirad qué maravilla!  Manolo ha sido perdonado, yo he sido perdonado, nuestros hermanos en la fe han sido perdonados. Hemos visto la resurrección; una vida distinta, libre… ¡cómo vamos a callarnos este acontecimiento!  Y el Señor nos dice id y predicad. Y contaremos nuestra vida, nuestra experiencia, nuestra fe…  Manolo contará su vida y sembrará la esperanza en los que quieran escuchar, sembrará a Jesucristo. Nuestra experiencia de fe aumenta nuestra esperanza en esperar lo que todavía no hemos recibido. Y daremos fruto, signos de esperanza para el que no la tiene, para aquel que también, como nosotros, está donde estuvimos… 

 

Así pues, no miremos atrás; no queramos volver a nuestra idolatría, seamos fieles. Salgamos de nuestra casa, de nuestra comodidad, de aquello que nos mata y nos paraliza. Sal fuera, allí está la misión…

 

¡Qué lecturas tan impresionantes leímos en esta eucaristía!  ¡Cómo nos precede el Señor!  No es la primera vez, ni será la última. Ya hemos visto muchas veces, a través de alguna palabra al azar o como en esta eucaristía, cómo el Señor camina delante nuestro, mostrándonos el camino…

 

Hoy estoy contento, feliz. Mucho ha tenido que sufrir Manolo y todos nosotros, pero el Señor no ha venido a perdernos; nos ha buscado, nos ha hallado y nos ha sacado. Manolo dijo que “si”, nosotros dijimos lo mismo; pues bien, ¿a qué esperamos?  Dejemos de mirar atrás, salgamos a anunciar el evangelio.

 

¡Ánimo Manolo!  ¡Ánimo hermano!  ¡Felicidades!

 

Un abrazo y que la paz del Señor esté contigo.

 

JOSE y MARICARMEN.

 

 

 

 

 

 

 

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