LA INICIACIÓN CRISTIANA

 

LA INICIACIÓN CRISTIANALA GESTACIÓN A LA FE Y MADURACIÓN EN ELLA

Reflexiones a dos años vista de la celebración del

Sínodo Diocesano de Madrid

 

1. Presentación

Se han cumplido ya dos años de la clausura del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid. En principio, todo lo que sirvió para su preparación, los dos años que en toda la diócesis se estuvo reflexionando sobre los temas propuestos –la transmisión de la fe, vivida y realizada en la comunión de la Iglesia–, el desarrollo de las asambleas plenarias y la promulgación y publicación de las Constituciones Generales…, todo en fin, estuvo marcado con un alto grado de dedicación, tanto por la profundidad de los textos que incitaban a la reflexión durante la fase preparatoria como el calado de las ponencias durante la celebración del mismo Sínodo, seguidas de los debates en grupos y en asamblea general. Fuimos unos seiscientos miembros sinodales, repartidos en tres partes aproximadamente iguales: presbíteros, hombres y mujeres. Es decir, todo bien o muy bien.

Como testigo directo de todo este proceso, me tomo la libertad de apuntar algún aspecto que retengo, más que importante y oportuno, necesario y en cuya presentación me sentí protagonista, en cierto sentido, con una brevísima explanación, que trato de reproducir y ampliar aquí, bien entendido que hay otros puntos igualmente necesarios, importantes y oportunos.

2. Documentación sobre la iniciación cristiana

Desde el año 1965 el decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia, del Concilio Ecuménico Vaticano II, en su número 14, da carta de naturaleza a la restauración e implantación del catecumenado de adultos, implantado ya en sus primeros siglos, nunca perdido y siempre guardado como un tesoro en el arcón del “depósito de la fe”, aunque muy olvidado en las últimas centurias.

Evidentemente, hay que partir del mandato evangélico: “Id, pues, y haced discípulos[1] a todas las gentes (…), enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28,19-20).

No es escasa la documentación que sobre el tema que nos ocupa se ha ido enriqueciendo la Iglesia, la Conferencia Episcopal Española y nuestra Archidiócesis.[2] Y, en concreto, en ésta, en el número 33 del Plan pastoral del trienio 2002-2005, se anima a que en cada una de nuestras diócesis madrileñas se instaure y desarrolle el catecumenado.

3. El término “educación” (educación en la fe)

Tanto el Concilio como el Sínodo  y, en general, todos los documentos echan mano del término “educación” o “educación-formación permanente” para referirse a todo el proceso de crecimiento en la fe. Personalmente me atrevo a matizar que, en el ámbito de la iniciación cristiana, no me hace feliz el empleo de tales expresiones: no porque sean un término errado o fuera de sitio, sino porque entiendo que estamos hablando de algo más que de educación. Se intuye y es sabido que el término tiene un montón de matices y significados, recogidos en los tratados de Pedagogía, Psicopedagogía y disciplinas concomitantes y complementarias (Psicología evolutiva, etc.). En general, en nuestro caso se aplica –un primer gran sentido– a todo lo relativo a la educación o formación permanente en el ámbito de la fe; un segundo gran significado es el que atañe a todo el proceso de la gestación a la fe y maduración en ella. Y nosotros estamos, más bien, hablando de esto, de gestación del hombre nuevo en el itinerario de la iniciación cristiana y de un tiempo (que luego dura toda la vida) de maduración de esa fe recibida y ratificada día a día hasta el escrutinio final: la muerte.

4. EL ANUNCIO DEL EVANGELIO

En la segunda ponencia (¿Cómo anunciamos el Evangelio a los alejados y a los no creyentes?) tuve ocasión de exponer brevemente mi gran “pega” a toda ella (poco pude decir, sino de forma logarítmica, en una intervención pública de tres minutos). En conexión con la anterior, la tercera ponencia (“¿Qué catequesis ofrecemos? ¿Cómo celebramos la fe?), me dio pie para ampliar mis argumentos, dejando bien sentado que estoy hablando a título meramente personal, sin representar a nadie, y hablo y escribo sólo y exclusivamente en nombre propio:

Aquí, más que hablar de cómo se anunciaba el evangelio, el kerygma, había que disertar sobre cómo no se anunciaba, puesto que esta es la gran realidad en la que estamos inmersos. Para mí se desenfoca el tema y se da por supuesto y presupuesto que el anuncio se hace o se ha hecho y, a partir de estas premisas, se monta todo un andamiaje de buenos principios, actividades y declaraciones de buenas intenciones que rozan el reino de los idealismos teológicos y pululan por los espacios eclesiales y parroquiales (como difundir los contenidos sociales y culturales acordes con el evangelio, sostener y promover iniciativas de formación permanente, profundizar en la oración, cursillos sobre la Biblia, animación de grupos de jóvenes, seguimiento de grupos de matrimonios, talleres de oración, etc., etc.): que sí, que todo esto está bien o muy bien; pero no hablamos ahora de eso, que supone el anuncio y todo lo que el anuncio conlleva, sino que hablamos de lo que está antes que eso: del anuncio, del kerygma evangélico. (¡Con qué sorna gallega, al final de la sesión decía algo así el Cardenal Rouco: “¡Vale, muy bien!, pero ¿cómo se hace el anuncio?”). Pues exactamente lo mismo se puede decir de la iniciación cristiana: ¿dónde se hace?, ¿quién la hace?, ¿cuándo se hace?, ¿cómo se hace?…

Hemos dado por supuesto lo que no se da ni se hace o apenas se da y se hace, para no ser drásticamente negativos. La exposición de ambas ponencias fue muy coherente e ilustrativa, demostrando gran conocimiento de los principales documentos eclesiales, además de haber tenido que realizar una gran labor de síntesis sobre la montaña de documentos de los trabajos presinodales, por lo que los aplausos tributados a los ponentes, para mí, fueron pocos.

Mas no es hora de detenerse en buenas reflexiones y consideraciones. En la diócesis, a lo mejor, lo que necesitamos son, erga-téron, seméia, “hechos y palabras”,[3] expresión acuñada luego por el Concilio y por la CEE, es decir, puesto que las palabras ya están escritas y muy bien escritas, hacen falta hechos y, respecto al anuncio y a la catequesis que ofrecemos, referida a la iniciación cristiana, insisto en que, más que cómo se anuncia y cómo se realiza esta iniciación cristiana, tristemente habría que decir cómo no se anuncia ni se realiza. Y ahí está la terca experiencia: en el Sínodo había muchos párrocos que preparan a los niños a los primeros sacramentos y ni ellos ni sus padres y padrinos, aparecen luego por el mapa parroquial: muchos hacen, sí, la primera comunión…, y las segundas ¿cuándo las hacen? ¿Cuántos de los jóvenes que se confirman siguen después en la Iglesia?, ya que con este Sacramento parecen recibir el espaldarazo para pirarse de ella. Pocos días antes se acababa de decir en una encuesta entre universitarios que los jóvenes catalogan pésimamente a la Iglesia; y, no hace mucho, en un catálogo de personajes importantes en la historia o en el mundo actual, Jesucristo ocupaba más allá del puesto número cien, superado con creces por figuras del deporte, la canción y la moda. ¿Cuántas parejas –después de mucho tiempo ausentes– vienen a casarse a nuestros templos y no forman hogares cristianos y siguen ausentes de la Iglesia viva? Podemos seguir enumerando contradicciones flagrantes.

¿Cuál es el resultado? Pues que tenemos así un montón de curas en nuestras parroquias, desilusionados, decepcionados y aburridos, bebiéndose luego en silencio su fracaso en el pesimismo de su soledad. Y eso que hace ya bastante tiempo que pasó aquella Iglesia de “curas de misa y olla”. ¿Cuántas iglesias, por ejemplo, están en venta en Alemania? Dicen que un montón…; y hace ya bastantes años que a la católica Francia se la consideraba país de misión. En la zona alemana que fue comunista se acercan al 90% las gentes que están sin bautizar y viven como paganos. Hay estadísticas que ya en Francia calculan un 50% de no bautizados y son muchísimos los que no quieren saber nada de la Iglesia. En España se habla del 35%. ¿Es que no nos dice nada el grito lacerante que subyace en el panorama presentado en una parte de la encíclica de Juan Pablo II La Iglesia en Europa en junio de 2003? [4]

Bueno, pues esta es la realidad, ante la cual la misma encíclica de Juan Pablo II sobre la evangelización en Europa, recuerda el principio general de que toda la Iglesia es misionera (núm. 33 de La Iglesia en Europa), focalizando esta tarea en los ministros ordenados (núm. 34), para pasar en capítulo 3 de la Encíclica a la exposición de la necesidad y urgencia de anunciar el Evangelio, detenerse en la educación de los jóvenes en la fe (núms. 33 y 34) y recalar, recuperando la semilla del Concilio Vaticano II, en la misión “ad gentes”(núm. 64), con el grito de “Iglesia en Europa, ¡entra en el nuevo milenio con el libro de los Evangelios” (núm. 65).

Pues, insisto, esta es la triste realidad. Nuestras iglesias se han vaciado o se están quedando vacías; hemos perdido una generación y llevamos treinta años de retraso por omitir el anuncio, extenderlo y potenciarlo con la iniciación cristiana. Seguiremos produciendo, emanando y publicando hermosos documentos llenos de buenos principios teológicos, pastorales y morales y nos quedaremos a por uvas… Tal vez por no atrevernos a admitir que algo está fallando, que se ha dado por supuesto lo que no se ha puesto, es decir, el anuncio kerygmático de Jesús muerto y resucitado para el perdón de nuestros pecados y por nuestra salvación, con una catequesis seria, prolongada y contrastada.

Dejadme que os copie lo que decía la LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (1998) en el número 126 de su documento sobre La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones:

…Sin embargo no todas las catequesis, ni los programas de educación en la fe de adultos, pueden llamarse de Iniciación cristiana en sentido propio. Para que los carismas en su genuinidad sean recibidos por la Iglesia, deben ser discernidos, y en ocasiones ayudados en su maduración y en el despliegue de sus virtualidades.

Entre las iniciativas más notables y difundidas sobresalen el "camino neocatecumenal" y los procesos de formación cristiana que tienen algunos movimientos apostólicos y comunidades eclesiales.

5. EL CATECUMENADO DE ADULTOS Y EL CAMINO NEOCATECU-MENAL

Llegamos así a un punto caliente de esta exposición.[5] Es decir: todo lo precedente pretende sentar las bases para llegar a la conclusión de que es necesario implantar o restaurar un catecumenado de adultos. Y ya es frecuente ver en numerosas parroquias que hay actividades que contemplan esta “actividad”… Pero, después de repasar los documentos citados, después de esta evidente alusión e inclusión del texto de la CEE que acabamos de reportar referida al Camino Neocatecumenal y después de mi experiencia personal de treinta años en él, no pude dejar de sorprenderme y extrañarme muchísimo de que en las ponencias y sus conclusiones no apareciera nada al respecto, como obviando una realidad que existe, como si hubiera que mirar para otro lado, a “otro” catecumenado diocesano, es decir, como dando a entender que este catecumenado, al no ser “diocesano” no tendría esa categoría eclesial que debe tener todo catecumenado. En lo cual se encierra y se advierte una trampa saducea como si éste no fuera diocesano, cuando cualquier estudiante de teología debe saber muy bien que la diocesanidad la da el Obispo… diocesano, como es lógico. Y el Camino Neocatecumenal, además de tener el refrendo papal –“… reconozco el Camino Neocatecumenal como un itinerario de formación católica, válido para la sociedad y los tiempos de hoy–,[6] tiene el de los obispos diocesanos de Madrid, desde Mons. Morcillo hasta el actual Cardenal Rouco.

¿Qué pedimos y deseamos? (no ¿qué imponemos?). Aparte de esta toma de conciencia de la aprobación y recomendación del Papa y de nuestros Obispos, quisiéramos no ser relegados ni que se nos haga el vacío, que no nos ignoren y menos que nos defenestren, a veces, como si fuéramos apestados. Porque para muchos de nosotros está en juego nuestras vidas –la gestación a la fe–, pues esto es lo que hemos vivido durante más de treinta años: es la catequesis, la iniciación cristiana, que hemos recibido y ofrecemos. ¿Por qué parece que quieren borrarnos del mapa después de haber dado y estar dando nuestra vida al Señor y a la Iglesia en nuestras parroquias, después de haber recompuesto y reavivado nuestros matrimonios, abiertos a la vida, con nuestros hijos (familias numerosas) y colaborando con nuestros párrocos?

Si esto funciona desde hace cuarenta años, ¿por qué hay que inventar algo que ya existe? Si para ir a trabajar necesito un coche, no me pongo a fabricarlo: veo lo que hay en el mercado y compro el que me conviene. ¿Que queremos otro coche y lo mando fabricar, es decir, que queremos “otro” u “otros” catecumenados? Pues adelante, ¿por qué no? Pero, de verdad, en el ámbito de la fe, ¿hay tantos otros catecumenados de donde elegir uno para nuestra diócesis? Pues estupendo; pero ¡qué triste sería perder otros treinta o cuarenta años, otra generación más, después de la que ya ha desaparecido, en parte, por ley de vida y, en parte, porque ha ido desertando de nuestras iglesias (¿o me equivoco?). ¿Queremos seguir corriendo el riesgo de dejar pasar otros años más hasta implantar y extender un catecumenado nuevo? Pero ¿alguien cree que a nosotros nos interesa que se implante el nuestro o que se imponga? El Camino en sí no es nada: se trata más bien de la gente que se está muriendo a chorros (¡se venden iglesias en Alemania y en el norte de Europa, que está perdiendo sus raíces cristianas!) porque ya casi nadie anuncia a Jesucristo ni ofrece una iniciación cristiana sólida que lleve a la conversión interior, a nacer de lo alto y reproducir el hombre nuevo del Sermón de la Montaña.

¿Qué es lo que sucede, qué pecado cometemos, para provocar, parece, tanto rechazo, tanto desdén o mirar hacia otro lado? Si se trata de transmitir la fe, en esta cadena de realización de la iniciación cristiana, ¿dónde está el eslabón perdido que interrumpe la gracia? Porque si el Papa está de locomotora, si el Obispo diocesano es el primer vagón y luego están los equipos de catequistas –también personas de probada virtud (viri probati)–, ¿qué ocurre para que se corte esta corriente viva de la fe y muchos de nuestros templos resistan en pie con los últimos rescoldos de personas mayores, sin apenas nadie que los releve? ¿No será que muchos párrocos y curas no quieren ser correas de transmisión desgastando sus vidas en la viña del Señor y que se conforman con ser otro tipo de vagones (vagón-restaurante, vagón-literas…? Y, que yo sepa, en el Camino Neocatecumenal no se defiende el Camino por el Camino (en el Camino se tiene fe, no se tiene fe en el Camino –que, aunque parezca una tautología, no lo es; o sea, el Camino no es objeto de fe, sino que en el Camino se gesta a la fe–): el objetivo es llevar una Palabra de salvación a tanta gente, cadáveres ambulantes en la fe (lázaros que necesitan oír la Palabra creadora de nueva vida: “Sal fuera!”), y dar gloria a Dios, no al Camino. Porque “la fe viene por el oído” (fides ex auditu) (Rm 10,17en la Vulgata) y ¿quién predicará si no son enviados?

Se trata de reproducir la imagen de Jesucristo, el hombre nuevo, en esta generación. Y que yo sepa, y todo presbítero lo sabe tan bien como yo o mejor, la Iglesia sólo conoce una manera de dar a luz a Jesucristo: por medio de la Virgen María y del Espíritu Santo. Y quienes reciben la palabra de Dios (“Estos son mi madre y mis hermanos, los que acogen la palabra de Dios…”: Mt 12,50 y paralelos) son fecundados por el Espíritu Santo (¡jamás de los jamases por el Camino Neocatecumenal!) para dar a luz al hombre nuevo que nace de lo alto, cuyo retrato se dibuja y proclama en el Sermón del Monte.

¿Se debe tal vez ese desdeño a que, en general, los neocatecumenales presentan y ofrecen el Camino con poco criterio y con mucho fanatismo, con poca prudencia y con exceso de insolencia y, además, con carácter exclusivo y excluyente, y con un lenguaje incisivo en demasía? Pues seguro que ha habido, hay y habrá de eso, ¿por qué no? ¿Es que no hay pecados en la Iglesia de Dios, “sin mancha ni arruga ni cosa parecida? (Ef 5,27).

¿Es que no ha habido y hay a lo largo de la historia, también en nuestros lares, curas pecadores y escandalosos (no hablemos, por ejemplo, de la Iglesia de Boston…)? ¿Es que el sacramento de la penitencia no es para todo el pueblo de Dios, también para la jerarquía? Pero ¿es que de verdad alguien cree que, en el fondo, el Camino Neocatecumenal se propone como algo exclusivo y excluyente? ¿No hay detrás de eso, en el mejor de los casos, un poso de indiferencia y tibieza –el “dejemos las cosas como están”– por parte de muchos presbíteros que esquivan el servicio ministerial que supone una iniciación cristiana sólida y responsable en un catecumenado serio de adultos, por lo que son los primeros en despejar fuera de juego al Camino Neocatecumenal bajo muchas razones y pretextos, con frecuencia intelectual y humanamente muy bien fundamentados en razones hasta de peso?: ¿de verdad en razones de fe, en dar la vida por Jesucristo y como Jesucristo, hasta el amor al enemigo; o son razones que encubren la tendencia del pecado original de hacer las paces con la mediocridad? ¿De dónde vienen esos prejuicios para no acoger este carisma postconciliar, recomendado por el Papa y por el Obispo de nuestra diócesis, sino tal vez porque supone no sé qué compromisos, término que no existe en nuestro vocabulario y, si se me apura, no existe siquiera en el proceso de iniciación cristiana, de gestación en la fe y de maduración en ella, pues es doctrina segura que cualquier iniciativa, incluso los preliminares de la fe (el initium fidei) son un don de Dios y que de Él proviene toda iniciativa (la sincatábasis divina), porque el mérito no es del que planta ni del que riega, sino de Dios que da el incremento (1Cor 3,6) y que es Él quien hace alianza con su pueblo y, en todo caso, el único que se compromete?

Si hay otros carismas en la Iglesia –y ciertamente que los hay, pues cuántas otras realidades se dan: Opus Dei, Comunión y Liberación, Carismáticos, Legionarios de Cristo, Focolarini, Comunidades de San Egidio…, y mejor que no siga porque me voy a saltar varias–, ¿alguien piensa que hay algún neocatecumenal que rechace esos carismas? Pero es que ni siquiera se niega que haya otros catecumenados de adultos, ¡bendito sea Dios! Lo único que hemos dicho, y se ve que bastante mal, por cierto, es decir “cómo me ha ido en esta feria”…, o sea “esta era mi vida, esta es ahora mi vida, y esto es lo que vivo, día a día…” ¿Qué nos ignoran o nos dan de lado?, pues bendito sea Dios: yo, por mí, pido perdón por ello, si alguien cree que le ofendo. Pero todo eso no oculta la realidad de la Iglesia. Mas es mejor que esta realidad no la mencione, porque no podré evitar que alguien piense que es una chulería, en vez de un fruto del Espíritu Santo: ahí están las Parroquias en el mundo, los casi setenta seminarios diocesanos Redemptoris Mater, los miles de familias en misión… Pero mejor que no siga hablando de esto, porque podría interpretarse como exaltación de un ego neocatecumenal. Dejémoslo al criterio evangélico: A fructibus forum cognoscetis eos, es decir, “si no me creéis a mí, creed a mis obras…” Pero todo esto no debe servir más que para una llamada a la humildad y no a otra cosa como protestar o defenderse, aunque algunos o muchos no lo vean. Justamente hay un evangelio de las eucaristías dominicales de cuaresma propio de los escrutinios prebautismales de la Iglesia de los primeros siglos (“el ciego de nacimiento”, en Jn 9), que recuerda: “Pues eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos”.

Dejadme que ponga un ejemplo, que parece tonto: si en una asamblea o en un acto público sube alguien a la tribuna o al atril y hace una excelente exposición sobre la acogida que deben hacer los presbíteros de una parroquia a los padres y padrinos que piden el bautismo para sus hijos, o sobre la acogida de los jóvenes que piden casarse por la Iglesia, etc., puede llevarse un gran aplauso; pero si el mismo texto lo leo tal cual yo y, al final, añado que esto es lo que hacemos en mi parroquia donde existe el Camino Neocatecumenal, me puedo llevar un gran abucheo.

¿De dónde, pues, nuevamente, ese hastío y esa desaprobación? Si yo llegara a comentar estas cosas a nuestros jóvenes neocatecumenales, me costaría no poco convencerlos de seguir adelante a pesar del márquetin tan negativo que hacemos y que provoca ese rechazo… Pero no estoy seguro luego de poderles convencer de que vayamos a la Catedral en algunas ocasiones o de que vayamos a la procesión del Domingo de Ramos en la Catedral, porque tendré que salirles al paso de que es mejor obedecer a nuestros pastores que seguir nuestros criterios personales, antes de que me respondan dolidos que a la catedral o a la procesión, para hacer bulto y para que sirva de automplacencia de haberla llenado de gente, van a ir ellos… Y, por si acaso alguien piensa otra cosa, yo y mis hijos, y todos los que conozco en similares circunstancias, vamos a la Catedral, a la procesión del Domingo de Ramos y a donde sea, siempre que nos lo indique y pida nuestro Pastor.

En fin, ha de recordarse que un sínodo diocesano es una consulta del Pastor diocesano a sus fieles, de modo que todas las aportaciones que se hagan sirvan para que el Sr. Cardenal, como responsable primero y último redacte o no redacte sus orientaciones o propuestas finales. Hay que sobrentender, empero, que debe excluirse cualquier idea o meta preconcebida, aceptando siempre a priori y a posteriori que cuanto se concluya estará siempre dirigido y respaldado por la buena fe y la verdadera doctrina (recta fides y la vera doctrina), ya que de lo contrario se caería en la incongruencia de alejarse del depositum fidei: sería inadmisible “tragar” con alguna orientación preconcebida de por dónde deben ir los tiros, sin haber oído previamente la voz del Sínodo, que para eso se ha convocado, a no ser que se quisiera instrumentalizar éste y los trabajos de los años de preparación para abocar en algo previo. Sé que es muy osado lo que estoy diciendo y que corro el riesgo de llevarme algo más que un capón en la testuz…, por lo que acepto de antemano recluirme al silencio si eso es lo conveniente. Quede claro, por supuesto, que es evidente que el Obispo es el sujeto del discernimiento en su diócesis y nada tendría ni tiene valor sin él (nihil sine episcopo, nos repetiría San Ignacio de Antioquia). Pero es ese mismo carisma suyo del discernimiento, ínsito en su ordenación episcopal, el que está al servicio del Espíritu Santo, por lo que todo obispo sabe cuán atento debe estar a los signos de los tiempos, pues el Espíritu sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere. Y, en este sentido, y valga la osadía (que no desfachatez y que nadie me acuse de querer dar lecciones de eclesiología ni de querer a la fuerza meterle al Sr. Arzobispo la cuchara neocatecumenal en la boca), de pensar y ver que, entre otras realidades de la Iglesia en el mundo, en España y, concretamente, en Madrid, está también el Camino Neocatecumenal al servicio de su Obispo y de su diócesis.

6. Propuesta

Pues bien, Sr. Cardenal y señores párrocos, ¿quiere una propuesta concreta? ¿Por qué no tenemos el coraje, la valentía, el arrojo, la intrepidez (la parresía), de que el Pastor de la diócesis, con todos sus pastores y colaboradores, eclesiásticos y laicos, inauguren donde no existe, lo extiendan donde está y lo potencien con toda la fuerza del Espíritu en todos los ámbitos diocesanos, un catecumendado de adultos? ¡Atención!, que no digo el Camino Neocatecumenal. Pero, si ya existe alguno, arraigado y con frutos, como es éste, ¿por qué no se propone y libremente se acepta, sin excluir a otros? ¿O es que tenemos miedo de convertirnos, de que el Señor se “meta” en nuestras vidas y nos descoloque de nuestros asentamientos y egoísmos?[7]

Recordemos que ya Pablo VI, hace treinta años, decía que las catequesis del initium fidei, del bautismo, había que hacerlas o antes o después de su administración. Y para muchos de nosotros, ese después tiene lugar en la edad adulta; y esto se ha omitido, se omite y, si Dios (y vosotros) no lo remediáis, se seguirá omitiendo, hasta que tal vez, dentro de otra generación, acabemos por tener que vender nuestros templos como en otros países de Europa…  Y Juan Pablo II, en la fiesta del Bautismo del Señor de hace un par de años, lo volvía a ratificar.

Me acuerdo muy bien cuando hace más de cuarenta años, estudiando Derecho Canónico, se comentaba cómo en Italia comenzaba a promocionarse el divorcio… Y nos decíamos, extrañados de que tales cosas ocurrieran en un país católico, que “aquí eso no pasará…” Y ¡vaya si ha pasado eso y muchas cosas más!, hasta el punto de habernos convertido en un país tractor de novedosos inventos ético-morales, habiendo pasado de ser vagón de cola a locomotora progresista… Es decir, ¿creemos que lo que está ocurriendo en el centro y norte de Europa no ocurrirá también igual aquí? Incluso lo superaremos en nuestro afán “progre”. Si llevamos ya despistados o anestesiados durante más de una generación, después del Concilio, ¿dejaremos pasar otra generación más, viendo cómo nuestros templos caen en el ostracismo y nuestros fieles –los pocos que queden– desertan de la fe y de la Iglesia? No seré yo el ingenuo que vuelva a repetir: “No, eso no pasará aquí…!”

Y, una vez más, me habré de preguntar, sin esperar a la vuelta del Hijo del Hombre, si cuando retorne, ¿encontrará la fe sobre la tierra? (Lc 18,20). Pero, aun así, permanece viva la esperanza de que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20) y que las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mt 16,18).

Jesús Esteban Barranco

Doctor en Teología Dogmática

Madrid, 25 de marzo de 2007


[1] Me gusta recalcar el término griego mathetéusate, es decir, “matriculadlos en mis escuela, adoctrinadlos, instruidlos”.

[2] Entre ellos, aparte del Decreto Ad Gentes ya aludido y para no recargar el texto arriba, citaré algunos documentos:

          RICA: Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (OICA en latín: Ordo Initiationis Christianae Adultorum), 6 de enero de 1972.

          Evangelio Nuntiandi, Exhortación Apostólica de Pablo VI, 8 de diciembre de 1975.

          Catechesi Tradendae. Exhortación de Juan Pablo II sobre la catequesis, 16 de octubre de 1979.

          Anunciar a Jesucristo en nuestro mundo con obras y palabras. Plan de acción pastoral para el trienio 1987-1990, XLVI Asamblea Plenaria de la CEE, 1989.

          Impulsar una nueva evangelización. Plan de acción pastoral para 1990-1993, CXXXI Comisión Permanente, 1990.

          Catequesis de adultos. Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, Orientaciones Pastorales, diciembre 1990.

          La Iniciación cristiana de los niños no bautizados en edad escolar. Nota de la Comisión Episcopal de Liturgia. 16 de septiembre de 1992.

          La Iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones. LXX Asamblea Plenaria de la CEE, 27 de noviembre de 1998.

          Orientaciones pastorales para el catecumenado, CEE, marzo 2002.

          La Iglesia en Europa. Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, 28 de junio de 2003.

          Orientaciones pastorales para la iniciación cristiana de niños no bautizados en su infancia. LXXXIII Asamblea Plenaria de la CEE, 26 de noviembre de 2004.

          Una Iglesia esperanzada. Rema mar adentro. Plan pastoral de la CEE, 2002-2005.

 

[3] Citaré algunos pasos bíblicos que, en AT, se refieren a las grandes obras, portentos y maravillas (mirabilia Dei) que hizo Dios con su pueblo en la liberación de Egipto y en el Éxodo: Est 10,3; Dn 6,28; Dt  4,34; 7,19; 29,2; Ne 9,10; Sal 135,9. Luego el NT recoge esa amplia tradición y la ve cumplida en Jesucristo: Jn 4,48, Hch 5,12; Rm 15,19; 2Cor 12,12, Heb 2,4.

[4] Ver principalmente los números 7-10 del capítulo 1, de donde entresaco algunas citas textuales: “Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo” (núm. 7). “En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo” (núm. 9, donde sigue hablando de la “cultura de la muerte” y de la cerrazón a la trascendencia), etc. Aquí tendríamos que añadir las primeras enseñanzas del Papa Benedicto XVI sobre el relativismo en nuestra época actual, complementadas, en nuestro ámbito, por la Instrucción Pastoral de la LXXXVI Asamblea Plenaria de la CEE Orientaciones morales ante la situación actual de España del 23 de noviembre de 2006.

[5] Debo advertir que esta última parte no estuvo comprendida en mi exposición oral en la asamblea sinodal; pero sí los últimos párrafos que recogen una propuesta concreta al Sr. Cardenal. Y, además, ya he advertido al principio que hablo y escribo en nombre propio y a título meramente personal, sin representar a nada ni a nadie; y, cuando hablo en plural, no reflejo lo que dicen los demás, sino lo que percibo yo de los demás. Soy consciente de que, de entrada, al declararme como neocatecumenal, puede inducir a que en mis apreciaciones y valoraciones alguien entienda que salgo al paso de su defensa y que me declaro juglar de sus excelencias. A lo sumo, no pasaría de un “cantamañas” más, lo que no me priva de mantener enhiesta mi postura, con la que tampoco pretendo herir a nadie, sino arrojar, tal vez, alguna luz más sobre las sombras con que parece nos quieren revestir.

[6] Ogniqualvolta, Breve pontificio del Papa Juan Pablo II, del 30 de agosto de 1990,

[7] Justamente, al día siguiente de mi intervención en el Sínodo, el Sr. Cardenal continuaba la visita pastoral que estaba haciendo en nuestra parroquia, donde estaba yo presente. Por otros motivos, me reconoció del día anterior y manifestó públicamente su satisfacción por “esa intervención profética”… Ello no significa un refrendo de cuanto está escrito aquí, que ya he dicho es un resumen de lo que rápidamente pude exponer allí.

 

 

 

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