CARTA A FELIPE

 

«Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios

 llevará consigo a quienes murieron en Jesús» (1Tes 4 14).

 

«Tu hermano resucitará»

Nuestro entrañable P. Andreu, presbítero y pastor de la Parroquia de la Mare de Déu del Mont Carmel, presidió la Eucaristía por el eterno descanso de nuestro hermano Felipe Rozas, el 5 de abril del Año Santo 2000.

 

«Tu hermano resucitará, …» le dice Jesús a María cuando ella, confundida y dolorida por la muerte de su hermano Lázaro, no entiende que Jesús no haya llegado antes para salvarle: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». En estos días la palabra “hermano” ha resonado desde lo más profundo de mi corazón. Mi hermano Felipe, …  mi hermano en la fe, …  Las lágrimas brotaron de mis ojos y mi corazón palpitó nervioso y angustiado de pensar que mi hermano Felipe se había ido …  Ni siquiera pude despedirme. El Señor se lo llevó deprisa, como el amado que está deseando tener el encuentro con su esposa, como el Padre que desea desde lo más profundo de su corazón encontrarse con su hijo amado. Mi hermano Felipe se ha ido y parece que me quedo sólo…  Su rostro me viene a la memoria y siempre lo veo con su sonrisa en los labios, siempre con su sonrisa…  ¡Cuánta alegría y paz debe estar experimentando junto a nuestro Señor!  Es por eso que, mis lágrimas, brotan con más fuerza. Pues no solo de tristeza, sino de alegría por saber que a mi hermano Felipe se le abrá iluminado el rostro al ver a nuestro Padre, …  Mi Padre está con él y él está con mi Padre, ya forman parte uno del otro y, al mismo tiempo, … nosotros con Él; porque somos un mismo cuerpo, el cuerpo amado de Jesucristo y, aunque no lo vea con mis ojos de la carne, las palabras de nuestro Señor en el evangelio me hacer ver con otros ojos la gracia de la Resurrección. Son estas las palabras que resuenan continuamente en mi mente y en mi corazón: «Tu hermano resucitará».

 

Como aquellas palabras que, pronunciadas precisamente hace 2000 años, el Señor no se las dijo sólo a María, sino a todos aquellos que creemos en su Palabra, a todos los millones de cristianos que las han leído una y otra vez durante todo este tiempo. A Amparo, esposa de Felipe, a Mariano y Loli, sus hijos, también se las dice hoy y ellos reconocen en ellas no sólo el consuelo, sino también la promesa, de que su esposo y padre que compartió toda la vida con ellos, no ha muerto para siempre, sino que resucitará.

 

Este lunes pasado, día 3 de abril, en que se fue mi hermano, celebramos unas vísperas en su nombre. Y el Señor aconteció con fuerza y consoló el corazón de todos los allí presentes. La paz, la serenidad y la fortaleza del don de la fe, se hicieron presentes en aquella asamblea. Los cantos sonaban como de los ángeles, porque había motivos por los que cantar y, «cuando hay motivos por los que cantar —dice el salmista—, el canto atraviesa las paredes, el techo, y llega hasta el cielo; porque no pueden cuatro paredes contener la alabanza a nuestro Señor». En aquella asamblea en la que también estaba Felipe aunque no le veíamos. Y una vez más sentí estar junto a él y que él estaba con nosotros. ¡Cómo no iba a estar con nosotros!  Y ahora más que nunca no faltará a las eucaristías, ni a las palabras, ni a los salmos, ni a las convivencias…  Ahora y, por fin, no tendrá excusas para no “subir”, como decimos aquí en el Carmelo, porque él estará siempre arriba, esperándonos. Porque Dios, que es amor infinito, nos quiere hacer hijos suyos y nos quiere con Él para siempre, porque no es un Dios de muertos, sino de vivos.

 

Creo que no estamos separados de nuestro hermano Felipe, sino más unidos que nunca. Así me siento yo ahora. Más cerca de mi hermano, porque él, ahora, forma parte del mismo Espíritu que nos hace decir ‘Abbá’, Papá. Y lo siento dentro de mi. Ahora cada vez que ore a nuestro Padre celestial sabré que Felipe también me escucha. El Dios al que él ahora ve, confiado en su misericordia, alumbrado por el esplendor de su amor, es nuestro Dios, es nuestro Padre Eterno, que nos acompaña, nos instruye, nos entrega la vida en su Hijo Jesucristo y muere por nosotros.

 

¿Cómo será estar junto al Padre?  Ya aquí podemos experimentar las primicias y es como un auténtico hogar que suplico sea el eterno hogar de mi hermano Felipe, donde también nosotros queremos vivir eternamente. Porque en el día de mi despedida, en que sólo Dios sabe cuando, espero ser juzgado en el amor y pueda también entrar a formar parte de ese Cielo y, descansar en Dios y, allí encontrar a mi hermano Felipe.

 

Creo que, en bellísimas palabras de san Agustín podemos estar seguros de que Felipe, desde donde está, nos dice a nosotros y a su esposa e hijos, a quien tanto quiere: «¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo!  Créeme: cuando la muerte venga a romper tus ligaduras como ha roto las mías; cuando un día, que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te he precedido, ese día volverás a verme y escucharás mi corazón que te amó y te sigue amando. Volverás a verme, pero transfigurado y feliz.»

 

Allí, Felipe habrá encontrado todo lo que deseaba. Todos sus anhelos de justicia, su sueño de un mundo más unido, la paz, el descanso…  Ya no aporrearás más la chapa de ningún vehículo, ni tendrás que madrugar tanto, ni nos meterás prisa a la hora de preparar la Palabra… El Señor te rescató del domino de la muerte para siempre.

 

A mi hijo Abel (tiene ahora cinco años) le dijimos que te habías ido y él nos dijo: «¡ah! entonces está en el Cielo con la yaya Candila…»; cuando venía del colegio de la mano de su madre y pasaba por delante de tu casa, siempre le decía a sus amiguitos del “cole” con el rostro lleno de alegría: «ahí vive mi amigo Felipe…». Ya no le darás más piruletas de fresa, pero cuando crezca y, si Dios con su eterna misericordia nos concede el don, a mi esposa y a mi de pasarle la fe, llegarán días de tribulación para él y sabrá que podrá confiar en que tú le darás una caja llena de piruletas, de intercesiones, de oraciones por él, que le bendecirás desde lo alto y llorará de alegría de saber que su amigo Felipe está con él para siempre, y dirá, señalándose el corazón: «aquí vive mi amigo Felipe». Pido al Señor que jamás permita que desaparezca de nosotros esta fe y esta esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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